lunes, 10 de noviembre de 2008
Un poco de pesimismo...
O, tal vez, sólo por una vez, por una única, ínfima vez, un último segundo, un último parpadeo involuntario, ¿habría descubierto la dicha de la liberación, del saberse finito, de saber que todo aquello que parecía ahogarle yacía abajo, olvidado entre las centelleantes luces que ahora, cuando las miraba desde lo alto ya no asemejaban tiránicas, amenazantes expresiones de un mundo que jamás llegaría a comprender; sino mil reflejos de un prisma que distorsionaba la única realidad posible, que confundían la misma esencia del mundo? ¿Habría sentido por fin que todo gozaba de un sentido, de una dirección, que todo tenía su causa, su reacción, su lugar en el mundo?
Quiero creer que fue así. Quiero creer que encontró su vida con una sonrisa colgando de los labios mientras que se desplomaba hacia un vacío que nunca se había parecido tanto al abrazo de la loba del ocaso, quien, con su sonrisa eléctrica, recibía a uno de sus hijos en su seno nocturno para no dejarle ir nunca más, para no dejarle volver a un mundo que lo laceraba, que quemaba sus ansias. ¿Ansias de qué?, preguntaréis. De vivir.
Pero tal vez, sólo tal vez, os interese conocer el porqué. Habría estado encantado de contároslo. Después de todo siempre hay un porqué. Simplemente, él desconocía el suyo.
domingo, 2 de marzo de 2008
Y que fácil resulta no prestar atención a esa épica batalla que es el discurrir de nuestra vida.
lunes, 3 de septiembre de 2007

Una melodía a lo lejos. Ecos resonaban de sus notas. Silencio. Ella se levantó. Anciana. Sus pasos reverberaban en los cavernosos pasillos de la casa. Las sombras se recortaban bajo la luz de la luna tras las ventanas. Había estado tocando horas. Pero nadie la escuchaba. Hacía frío, pero nadie la abrazaba. Vivía sola en su casa. En una casa que durante el día brillaba, bajo la luz del Sol y el calor de la mañana. Pero cuando el astro se escondía, la belleza terminaba . Entonces la casa era sólo un recinto, muerto, sin palabras. Sin risas, sin esperanzas. Como el alma que ella consigo llevaba, solitaria y apesadumbrada.
Ella caminaba con Chopin aún en su mente, y el corazón le temblaba. “Tantas horas, tantas horas...” pensaba. “Tantas horas sentada tocando para la casa. Pero la casa no habla. Ojalá hubiese alguien que me escuchara”.
Entonces se giró. Alguien la observaba. Nada. Ella no lo veía pero percibía su mirada, como dos focos en la penumbra que la rodeaba. “¿Quién está ahí?” gritó. Nadie contestaba. Sólo silencio.
El crujir de una rama la sobresaltó. Giró y chocó contra su espía que silencioso la esperaba. Guardián de un secreto poderoso, el espíritu se la llevaba. Pues la muerte había llamado a su ventana. La había mirado y le había robado su alma. Y detrás había dejado su cuerpo anciano, llevándola a una vida nueva, a donde sólo los sueños alcanzan...
lunes, 26 de marzo de 2007

Un reloj guarda mis sueños. Una guadaña se cierne sobre mi catre. Una manta cae al suelo. La sangre mancha mis manos. El camisón blanco se tiñe de rojo. Como si la cera de las velas se derritiese en mi cuerpo. La aguja avanza. Grito. Un segundo más. Dos lágrimas negras caen por mi rostro. Porcelana rota en el suelo. Mis pies se cortan. Una vez más el carmesí inunda mi visión. La aguja avanza. Un segundo más. Miro de nuevo a la cama. Tal vez…tal vez en mi almohada encuentre el sueño perdido. Pero allí estás tú. Cera blanca y luz turbia. Un segundo más. El reloj avanza. La guadaña ha caído… ¿Qué he hecho?
Sombra (S)
sábado, 20 de enero de 2007

NOCHES DE BOHEMIA
Chopin suena de fondo mientras mis lágrimas llenan un vaso de absenta que ya está vacío. Mis manos acarician sueños sobre el papel, mi mente narcotizada sabe a libertad. Sabe a creación. No sé si la belleza acudirá a mis palabras hoy, pero al menos en ellas habitará la verdad.
La oscuridad de la noche se cuela por el ventanuco y me asfixia su negrura estrellada, que me recuerda a mí, a ti y a un atardecer en los Campos Elíseos. Los recuerdos batallan con las tinieblas a la luz del resplandor dorado de mi pluma, que rasgaría hasta el silencio más profundo.
El papel se tiñe, de tinta y de pasiones, y yo ya no estoy en mí, sino en el papel. He volado lejos y he dejado de ser yo, porque simplemente no quiero ser. Existo en las palabras, en la rima asonante que no tienen mis versos, en todas las composiciones que nunca seré capaz de escribir. Vuelo. Y me cuelo en mundos que no podré ver, de la mano de la Torre Eiffel, aunque no se observe desde mi buhardilla barata de Montmartre.
Siento, y no dejo de sentir hasta que cierro los ojos, exhausto, cansado de mirar con el alma y no la vista. Los sentimientos sólo se van cuando el delirio se transforma en sueño, persiguiéndome a todas partes, en la noche de París y en la de mis ilusiones.
Luz (R)
Bienvenidos